Mi sueño para mi hija mujer

Escrita para Revista Paula.                                                      Ilustración: Sofía Valenzuela

¿Cómo quiero que mi hija viva lo que es ser mujer? ¿Qué quiero que aprenda? ¿Qué quiero para ella del mundo futuro? Sin duda escribir estas líneas me nacen del corazón, del estómago y quizás con muy poco filtro de mi ser más racional. Soy feminista, como cada uno quiera entenderlo. Creo en el power que tenemos las mujeres y creo que la batalla por encontrar nuestro espacio y nuestros derechos sigue siendo tan importante como lo era en el pasado. Creo que ser mujer implica levantar nuestra voz todas juntas y cuestionarnos por qué tenemos que vivir dentro de estereotipos que no nos hacen felices o de los cuales no nos sentimos parte.

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Vengo de una familia conservadora en la que las mujeres nos encargábamos de atender a los hombres del hogar. Y la mayoría de las veces éramos mi mamá y yo lavando o trayendo lo que pedían los hombres de mi casa. Uno siempre tenía que estar bonita, contenta, bien vestida y no decir garabatos. Las mujeres no hablaban de fútbol o de autos; las mujeres callaban y asentían. Claramente desde la adolescencia me rebelé frente a esta imposición de roles. Ser una mujer fuera de ese pequeño molde fue mi bandera de lucha durante la juventud: a mí me gustaba el fútbol, decía garabatos, me vestía desastrosamente y cuestionaba a mi mamá cada vez que me mandaba en vez de mi hermano a buscar lo que necesitaba mi papá. Mi mayor miedo siempre fue que un hombre abusara de mí. Salía con miedo en las noches, no hacía dedo y siempre miraba de reojo por si alguien me perseguía. Un miedo que creo que hemos sentido todas alguna vez en la vida. Y por eso, creo, muchas veces pasó por mi cabeza el cuestionamiento de por qué no había sido hombre, si era tanto más fácil.

El Día internacional de la Mujer se celebra desde 1911, pero fue recién en 1975 que se institucionalizó por las Naciones Unidas. En este día se conmemora la lucha de las mujeres por su participación en igualdad con el hombre en la sociedad y en su desarrollo integral como persona. Y es que pareciera una locura que llevemos más de cien años peleando por nuestros derechos y aún así sigamos teniendo la necesidad de levantar la voz.  Por un lado, agradezco que cada día seamos más las que estamos dispuestas a vestirnos de morado y a decir basta, pero por otro, me frustra darme cuenta de que aún necesitemos gritarlo.

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Pienso que el mayor legado que puedo dejarle a mi hija es que aprenda a que ser mujer no es ser menos y que no tiene que temer a que la dañen.  Quiero que viva el ser mujer como un tremendo regalo y que se sienta orgullosa de serlo. No quiero que se sienta entrampada en estereotipos caducados, sino que tenga la certeza de que ella puede ser quien ella sueñe y llegar tan lejos como lo imagine. Deseo desde el fondo de mi alma que siempre tenga la posibilidad de elegir lo que quiera hacer con su vida, sin que nadie la cuestione. Porque no importa si le gusta el rosado o el azul, si habla de fútbol o de ballet, si cocina o arregla motores, si quiere ser madre o no. Lo único que importa es que sea tan persona como decida serlo, sin estereotipos, sino con sus propias elecciones libres y no condicionadas por el hecho de ser mujer.

Sueño para mi hija que el ser mujer no implique encasillarse en ser flaca, bonita y calladita. Quiero que siempre levante su voz y sea escuchada por ser quién es. La prefiero “ni perfecta, ni calladita”, como dice Nerea de Ugarte en su libro del mismo nombre. Desde lo más profundo de mi alma, espero que no necesite llevar una bandera de lucha por ser mujer, porque tengo la esperanza que ya no habrá por qué seguir luchando. Confío en la transformación de un mundo donde las mujeres no seamos relegadas a la casa o a la maternidad, sino donde se abran todas las puertas con igualdad de oportunidades y condiciones para recibir a mujeres líderes, presidentas, ministras, bomberas, deportistas o cineastas. No importa lo que se elija ser, solo importa que si llegas ahí tengas las mismas opciones, derechos y condiciones que los hombres. Esto no es una lucha contra los hombres, sino una lucha por nosotras mismas: por nuestros sueños, por nuestra justicia y por nuestra dignidad.

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Mi hija siempre tendrá la libertad de ser quien quiera ser, nunca tendrá que servirle a nadie si no quiere y vivirá con la confianza de que para ser feliz primero tendrá que quererse, abrazarse y amarse a ella misma.

¿Y a mis hijos hombres? Bueno a ellos, por sobretodo, me encargaré de enseñarles a respetar a las mujeres y jamás verlas o tratarlas como menos, sino como un par al cual querrán y respetarán día a día. Estos valores no solo pueden quedar en nuestras esperanzas. Así como enseñamos a nuestras hijas en libertad, necesitamos enseñar a nuestros hijos en igualdad y respeto. Espero que todos mis hijos aprendan que cada persona merece ser tratada sobre la base del amor, el respeto y la igualdad.  En mi casa todos pueden ayudar con las tareas del hogar, jugar a la pelota, vestirse de rosado, ver power rangers o leer cuentos de princesas. Cada uno puede elegir quien sueña ser y todos tendrán las mismas oportunidades para lograrlo. Para mi hija y mis hijos espero un mundo mucho más consciente del aporte que hacemos todos, cada uno desde su individualidad propia de ser persona única, irrepetible e integral.

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¿Y qué espero para este nuevo 8 de marzo? Espero que podamos tomarnos de las manos y tener la certeza de que todas estamos unidas por una misma causa y que tengamos la capacidad de reunirnos en nuestras distintas miradas. Espero que nos apoyemos y demostremos por qué juntas somos más. En este día, espero celebrar que siempre poseamos la capacidad de hacer comunidad, de construirnos y apoyarnos, queriéndonos y respetándonos en toda nuestra diversidad de formas, colores y caminos recorridos y por recorrer.

María José Lacámara

@joselacamarapsicologa

joselacamara@gmail.com

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