La agonía del fin de semestre y el poder de las notas

Termina el primer semestre del año y no puedo dejar de escribir mis reflexiones acerca de lo que pasa con nuestros adolescentes, todos esos que llegan a mi consulta angustiados, perdidos, sufriendo y sin respuestas. Pareciera ser que el aumento de pacientes a ratos es directamente proporcional con cuanto se les exige desde lo académico. Mi consulta aumenta en mayo y junio, época de pruebas de unidad, exámenes y semestrales, se acerca el fin del semestre y pareciera ser que la presión se hace máxima, tanto así que ni padres ni hijos son capaces de sostener el estar bien y tranquilos.

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¿Qué pasa que hoy pareciera ser que nos enfrentamos cada vez a un mundo más exigente? ¿Cuándo pasó la nota a adquirir tanto valor como para definirme a mí mismo? Hoy veo como mis pacientes se definen por sus logros académicos, pero no por cuanto han aprendido o disfrutado el proceso de aprendizaje. Sumado a esto veo una exigencia interminable, a que esta calificación o el promedio de notas siempre debe subir. La mayoría de las veces me doy cuenta, como no solo se trata de mantener un buen rendimiento, que quizás sería una tarea más sencilla, sino más bien hoy todo se trata de subir, de dar lo máximo, de entregar lo mejor de sí mismo en todo. Y uno podría preguntarse o ustedes preguntarme…. ¿Y qué tiene eso de malo? ¿No queremos jóvenes que siempre busquen entregar lo mejor de sí? La respuesta es sencilla, sin duda, queremos persona que busquen superarse, que miren sus falencias y vean dónde pueden mejorar, pero ¿es esto algo que esté reflejado en una nota? ¿Cuánto poder le entrego yo a la nota como padre? ¿Cuánto la nota que trae mi hijo a la casa define qué es lo que está entregando y cuánto ha mejorado? Es muy simple, la nota la mayoría de las veces refleja algo, pero indudablemente no representa nada de aquello que hace a mi hijo una persona más completa, feliz y con una autoestima positiva.

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En el mundo competitivo en el que vivimos, hoy nos medimos mirando lo que logra el de al lado, y no lo que logra el que es menos que uno, sino que siempre nos comparamos con el mejor. ¿Cuánto nos detenemos a mirar nuestras fortalezas y nos evaluamos? Pareciera ser que la mirada está puesta en el otro, en la nota, en el físico, y en todo aquello externo que está lejos de nuestro alcance. Nos desvivimos intentando ser los mejores en todo, y digo realmente TODO, sin aceptar y conocer en qué cosas podemos ser buenos y sobresalir y en qué no. Vivimos alimentando una bomba de tiempo, porque estoy convencida, que en la medida que intentamos ser los mejores en todo, esta bomba explota, tarde o temprano con síntomas importantes, ya sea a nivel físico o psicológico.

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¿Qué podemos hacer distinto? Primero que todo debemos aprender a mirarnos y admirar eso que nos hace únicos y buenos. También debemos aceptar nuestras brechas e intentar mejorarlas, entendiendo que eso no implica “ser la mejor en todo”. Nuestros hijos deben saber para qué son buenos, conocer sus valores y sus motivaciones. Deben reconocer que la nota no habla por ellos, que ellos tienen su propia voz, su propia imagen, sus propias metas y que éstas muchas veces no tienen que ver con ser perfectos en todo, sino con ser felices al ver que son capaces de mejorar las propias falencias y trabajar en sus debilidades, sentiendoce enriquecidos cada vez que resaltan sus fortalezas.

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Para esto lo primero es que se puedan conocer, que sean capaces de verse a ellos mismos, con una mirada autocompasiva, no crítica ni destructiva. Una mirada que permita el error, que acceda a que te vaya mal en un área, que consienta el no ser el número uno o la más linda, porque lo que nos hace grandes personas va mucho más allá de ser los mejores en los distintos ámbitos. Lo que nos hace grandes personas es reconocernos, mirar, escuchar  y acoger al otro, lograr nuestras metas aceptando sus caídas, y por sobretodo aprender que cuando nos paramos después de una equivocación trae consigo una mayor valoración de uno mismo, mucho más que hacerlo todo bien, que por lo demás es imposible.

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Ayudemos a nuestros jóvenes y ayudémonos a nosotros mismos a poner el ojo en el proceso, en el disfrute y por sobretodo en conocernos y valorarnos por lo que somos y no por lo que logramos o no logramos en la vida. Somos mucho más que nuestros logros, seremos personas completas en la medida que tengamos la capacidad de vernos y conocernos a nosotros mismos, sin que esta mirada dependa del otro, de una nota o de si soy el mejor.

María José Lacámara

joselacamara@gmail.com

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