Educando en las emociones a nuestros niños y adolescentes

Muchas veces llegan niños y adolescentes a mi consulta que carecen de un lenguaje emocional que les permita leer y entender lo que les pasa, sus respuestas frente a sus emociones se tornan vagas y desprovistas de sentido. Palabras como la “lata” “no sé” “bien” o “mal” son las que aparecen al intentar hablar de aquello que los apena, enrabia, avergüenza o frustra. Pareciera que estoy frente a niños y adolescentes que han perdido la capacidad de leer sus emociones y distinguir qué les ocurre.

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Vivimos en una sociedad en la que las emociones negativas no son bienvenidas, en la cual llorar es de débiles y pedir ayuda y mostrarse vulnerable es de personas que hacen “show” para llamar la atención de otros. Les hemos enseñado a nuestros hijos que las cosas no se solucionan llorando y que las emociones negativas que nos embargan deben desaparecer. Les hemos inculcado que hay que ser fuertes y que se deben sobrellevar las dificultades con la frente en alto. Es tan elevada la exigencia que hemos puesto en nuestros niños de poder aprender a tolerar las frustraciones, que sin darnos cuenta esto pasa a angustiarlos y nublarlos más frente a esa situación difícil que se les presenta, y frente a la cual inevitablemente nacen sentimientos negativos como la pena, desesperanza, frustración, enojo y miedo. Es tanto lo que los hemos ayudado a tapar estos sentimientos que a ratos ni ellos mismos los reconocen y parecieran no existir. El problema aparece cuando estos sentimientos inevitablemente salen escondidos en el cuerpo, en el ánimo, en la irritabilidad, en el silencio o en la angustia. Es cuando se presentan así, cuando se tornan inmanejables para nuestros hijos y es que ni ellos mismos saben que es lo que está pasando por sus vidas y cabezas.

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Soy una convencida que como padres tenemos dos grandes tareas en torno a la emociones de nuestros hijos:

  • La primera y más importante es darse cuenta que debemos educar en las emociones. Ser conscientes que esto no es algo que ocurra espontáneamente, sino que es una tarea de nosotros como padres el poder ayudar a nuestros hijos a mirar qué es lo que les ocurre y cuál es esa emoción que los está embargando. Si tenemos niños contentos debemos ayudarlos a distinguir qué es eso que los hace disfrutar y ponerse alegres, si tenemos niños que sienten vergüenza deben conocer esa emoción, entender que existe, de donde viene y ayudarlos a enfrentar ese temor a la base. Si tenemos niños que tienen rabia o enojo, debemos reflejarles qué es lo que les está ocurriendo, qué pasa con ellos a nivel físico y también a nivel de pensamiento, ayudarlos a distinguir que los enoja, saber que eso se llama rabia y entregarles herramientas y alternativas de solución frente a eso que los entrampa.

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  • La segunda es aprender y aceptar que las emociones negativas existen, todos las tenemos y hemos aprendido a manejarlas de una u otra manera. Si no les damos espacio y cabida y hacemos como que no existen, estas terminarán saliendo de una manera mucho más difícil de abordar y reconocer. Debemos ser conscientes de que estas emociones existen, de que nos hacen vulnerables y de que el mejor camino para enfrentarlas siempre será pedir ayuda y contención. Vivimos rodeados de mensajes implícitos que nos obligan a ser fuertes, entendiendo que esa postura proviene de poder y saber enfrentar las dificultades solo. La verdad es que la mayoría de las veces, será más valiente aquel que pide ayuda, aquel que sabe y reconoce que eso que le ocurre no puede ser solucionado por el mismo y que por ende necesita ser contenido y encaminado en como seguir adelante. Nuestros hijos deben reconocernos como figuras de contención frente a sus emociones negativas, deben estar seguros que en nosotros siempre encontrarán una red que los sostendrá en esa caída libre de las emociones. Somos los primeros responsables de su regulación emocional y eso solo ocurrirá si ellos saben y reconocen sus emociones, y al mismo tiempo tienen la certeza que nosotros estamos ahí para ellos cuando eso ocurre.

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Finalmente frente a cualquier emoción debemos con nuestros niños:

  1. Reconocerla: Cuando mi hijo tuvo un episodio de frustración en el colegio que lo llevo a portarse mal en clases, me senté para hablar con el acerca de lo que había pasado. Antes de retarlo nos sentamos juntos a ver que estaba pasando con él desde su emocionalidad.
  2. Ponerle Nombre: Después de entender que se puso así porque lo que dictaba la profesora él no alcanzaba a hacerlo, le pusimos nombre a ese sentimientos, le explique que eso era frustración y que eso pasaba cuando no podíamos hacer lo que nos proponíamos o cuando eso que nos proponíamos no resultaba.
  3. Ver que es lo que está ocurriendo cuando aparece: buscamos juntos otras veces que le había pasado, tratamos de distinguir que ocurría con su cuerpo y su mente, y cuales eran las señales de aviso que nos mostraban que esta emoción estaba apareciendo.
  4. Buscar alternativas de enfrentamiento frente a aquello que les está pasando: Finalmente buscamos distintas maneras de poder haberlo echo distinto, como por ejemplo haberle pedido ayuda a la profesora, haber respirado profundo y empezar de nuevo o haberle dicho a un amigo que necesitaba que lo ayudara.

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Una gran película que nos puede ayudar en esta tarea con los más pequeñitos, es ver juntos “Intensamente”, que deja un hermoso mensaje de como todas nuestras emociones conviven en nuestra mente y como cada una aparece y tiene una tarea en particular. Nos ayuda a reconocerlas, ponerle nombres y ver cuando estas aparecen.

Finalmente educar en las emociones y aceptar aquellas que quizás no son tan bienvenidas, fortalecerá nuestro vínculo de amor con ellos. Nuestra meta será, que ellos logren sentirse apoyados incondicionalmente, sin importar lo que ocurra, esto les dará la confianza para caerse, sentir pena, rabia, miedo, vergüenza, frustración, desesperanza o enojo sabiendo que siempre habrá un abrazo de apoyo, una palabra de contención y una mano de ayuda. Crecerán convencidos que mostrar sus emociones no es mostrarse vulnerables y ser débiles, sino más bien que ellas son parte de nuestra vida y que habrán situaciones en las que el acto más valiente y certero será reconocerlas y poder pedir ayuda.

María José Lacámara

joselacamara@gmail.com

 

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