Fin de las vacaciones y comienza la guerra por ser los mejores

Estar escribiendo me ha dado tiempo para pensar y reflexionar acerca del mundo en que vivimos. Sin duda, el haber publicado mis ideas fue un acto de valentía, sin embargo yo no me había dado cuenta de eso. Gente me felicito por haberme “lanzado”, y  mientras recibía esos halagos,  pensaba… pero  ¿por qué tanto? ¿Son solo ideas? ¿Solo palabras? Y al poco andar en esta aventura de escribir me di cuenta de lo exigente que es el mundo al que nos enfrentamos. Empezaron comentarios bien intencionados de detalles que podía mejorar en mis artículos o escritos. Fueron tantos esos comentarios que empecé a perderme en que era lo que “debía” ir haciendo, lentamente comencé a desmotivarme. Poco a poco, lo que empezó como un disfrute y algo placentero, se fue transformando en una tarea que “debía” hacer y que me exigía que cada párrafo estuviera perfecto, incluyendo TODAS esas ideas que a alguien le pudieran servir. Lo que partió como algo entretenido, se transformó al poco andar en algo exigente, difícil, que a ratos me hacía sentir insegura. Y entonces incluso llegué a pensar….”mejor no sigo con esto…. ¿para qué?…. ¿no tengo ya suficientes cosas en mi vida en las que tengo que ser buena?”.

Estando en vacaciones, me dedique a reflexionar acerca de la experiencia de escribir y como está vivencia en torno a las exigencias puede traslaparse a todo eso que le demandamos a nuestros niños desde marzo a diciembre. Sabemos que en las vacaciones pueden ser libres, jugar a lo que quieran, acostarse tarde, hacer aquello que les gusta y vivir el día disfrutando. Pero llegamos a Marzo y comenzamos con un switch distinto ¿Qué pasa con ellos entonces?. Comienza así una guerra tanto de ellos como de nosotros como padres, para que sean los mejores en aquello que emprenden.

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Como mamá y como terapeuta, no he podido dejar de preguntarme durante todo este proceso de escribir, publicar y estar de vacaciones…. ¿cuántas veces hacemos esto mismo con nuestros hijos? ¿Cuántas veces ellos empiezan durante el año algún proyecto o actividad que los motiva y por lo cual disfrutan y luego como que mágicamente se desinflan en su motivación por continuar?. Probablemente, a nuestros niños les ocurre lo mismo que me pasó a mí en este proceso de empezar a escribir. ¿Cuántas exigencias les ponemos implícita o explícitamente para que eso que eligen lo hagan bien o más bien perfecto? Probablemente son miles, y lo más duro es darse cuenta que ni siquiera lo notamos. En el fondo como padres, solo estamos intentando sacar lo mejor de ellos. ¿Será que elegimos el camino incorrecto? Vale la pena preguntarse como ese camino de exigencias solo los lleva a desmotivarse, a desinflarse, a abandonar eso que les gusta y que no pueden hacer perfecto desde el principio.

¿Cuándo o cuánto, como padres, ponemos el ojo en el proceso y dejamos la meta a un lado? Vivimos en una sociedad orientada a cumplir metas, si a mi hijo le gusta el fútbol entonces lo metemos a una clase de fútbol para que sea el mejor; si a mi hija le gusta la pintura, entonces la matriculamos en un curso extra programático para que destaque por sobre las demás. A veces en la mayoría de las situaciones, nos olvidamos que el disfrute de aquello que nos motiva probablemente nos hace ser los mejores en lo que nos proponemos. Si solo ponemos la exigencia, lo perfecto y la meta de ser los mejores en lo que emprendemos y solo ese es nuestro objetivo final, existe una enorme posibilidad de desmotivarnos al toparnos con los sin sabores de lo no logrado que van apareciendo en el camino.

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Cuando empecé a escribir y retomar mi pluma, fueron miles las preguntas que me hicieron. ¿Para quién escribes? ¿Qué buscas con esto? ¿Cuántas visitas quieres tener semanal? La verdad es que no tenía respuesta alguna a todas esas preguntas, porque simplemente retomé aquello que me gustaba, disfrutaba y me motivaba. Entonces como adulta que ya he caminado algo por esta vida, decidí seguir escribiendo sin tener esas respuestas y ver dónde me lleva este disfrute. El desafío más grande, entonces, será poder aplicar esto con mis hijos. Que puedan elegir sin preguntarse tanto, que logren disfrutar con eso que eligen, que puedan vivir el placer de hacer lo que les gusta sin necesariamente ser los mejores.

Soy una convencida que al dejar disfrutar a nuestros niños abrimos un estado emocional positivo que los predispone al aprendizaje de aquello que los motiva. Busquemos ese camino para ellos, que aquello que los motiva se vuelva placentero. Que aquello que les gusta sea un camino de aprendizaje donde ellos encuentren cómo y en qué quieren destacar. Pongamos el  énfasis en el proceso y cuanto se esfuerzan para llegar a ser eso que sueñan. Dejemos de pensar que solo alcanzar una meta es lo que nos lleva a la felicidad. Sin duda nos ayuda, pero si disfrutamos ese proceso nos llevará a tener una vida más feliz en el día a día, a poder tomar el peso a cada pequeño logro que nos acerque a eso que queremos ser y también a ser mejores personas, personas más completas. Porque al final de cuentas, al estar orientados solo a una meta también nos desconecta del otro y del mundo, nos hace estar centrados solo en nosotros mismos. Eduquemos hijos que sepan que cada pequeño paso es un logro, que no necesitan ser los mejores del curso, el mejor compañero, el campeón en la bicicleta, enseñémosles que cada gesto vale. Que todo eso que me hace una mejor persona me lleva a ser una persona feliz y que por ende me llevará a cumplir mis metas.

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Les dejo estas reflexiones, solo para desafiarnos a pensar en qué tipo de padres queremos ser. Queremos orientarnos a la meta, o que a través del proceso nuestros hijos puedan ir construyendo ese camino hacia sus propios objetivos. En la consulta la mayoría de los papás me contestan que no son exigentes, que nunca exigen en nada, sin embargo lo que me ha tocado ver es que todos como padres exigimos a nuestros hijos, porque vivimos en una sociedad exigente, tratemos de luchar por mirar cómo nuestros hijos logran esos pequeños pasos. No es necesario que sean los mejores, sino que estén disfrutando, porque indudablemente eso es finalmente lo que los llevará a ser buenos. Creo que existe un camino peligroso en buscar ser los mejores y que salir de ahí es nuestra meta. El peligro está en solo querer ser perfectos en lo que nos proponemos, si buscamos eso solo nos llevará a frustraciones, desmotivación y caídas, finalmente terminaremos abandonando eso que tanto nos gusta y que partió por un disfrute. No dejemos que a nuestros hijos les pase eso, finalmente hoy me decidí a volver a escribir desde el corazón y no tanto desde la perfección. Siento que si disfruto con lo que escribo y vibro con eso, puedo finalmente hacer vibrar e inspirar a otro y así poder llegar a muchos más de esos corazones que quiero tocar con mi pluma. Indudablemente quiero que mis hijos también puedan vivir y experimentar lo que es “hacer bien” las cosas cuando  finalmente le doy plena cabida al goce. Al menos yo elijo ser ese tipo de padre que los deja ser imperfectos, que los ayuda a disfrutar y que les permite soñar con algún día lograr lo que se proponen, sin importar los baches que tenga el camino o cuanto les exige el mundo, que disfruten y vivan la alegría de elegir hacer eso que les motiva…..aunque a veces no sean los mejores en eso.

María José Lacámara

joselacamara@gmail.com

2 comentarios en “Fin de las vacaciones y comienza la guerra por ser los mejores

  1. Pia dijo:

    Muy cierto!! A veces se nos va la vida tratando de ser y hacer los mejores, cuando es mucho más gratificante el disfrutar ser y hacer lo mejor, lo que nos reconforta.

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